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Americana

January 12th, 2010

En mi peliculita casera, en eso que estoy haciendo ahora, yo no he reducido el valor del lenguaje en absoluto. De hecho, lo he reforzado. Lo que he reducido es el movimiento, o esa clase de movimiento que nos cuenta una historia o crea una armonía. Quiero que el lenguaje evolucione desde formas estáticas. La película es una suerte de subespecie del underground. Lo que estoy rodando ahora no es más que un pequeño segmento de algo que terminará por incluir temas más generales: funerales, atascos de tráfico, muebles, sucesos reales, mujeres, puertas, ventanas. Autoficción. Actores, gente encarnándose a sí misma, versos de poesía. (Don DeLillo, Americana, Circe, Barcelona, 1999, p. 311.)

De Americana, una de las obras más conocidas del controvertido DeLillo, se ha destacado su turbulento retrato de la sociedad americana, de la Guerra de Vietnam y  de los pioneros empresariales que fundaron el sueño americano. Pero tal vez no se ha hecho hincapié en uno de los aspectos más admirables de la novela: que, sin ser en absoluto una autoficción, narra con detalle el proceso que lleva a un hombre perdido a recrear su pasado de forma autoficticia. David Bell, el americano errante, emprende un viaje hacia el lejano Oeste, y hacia dentro de su propia conciencia, que le llevará a obsesionarse por grabar una película donde una serie de actores encarnarán versiones cada vez más alteradas de sus familiares y de sí mismo.

Don Delillo por Joyce Ravid

Don DeLillo por Joyce Ravid

Según David Bell, la auténtica obra no está en los escenarios, sino que somos nosotros mismos. Por eso este melancólico personaje no hace películas al uso, sino que sencillamente graba entrevistas o monólogos a modo de documental. Eso hasta que comprende que, para recrear su propio pasado (a sus padres, a sus amantes y su fracasada vida sentimental), necesita recurrir a la ficcionalización del recuerdo.

Ahora estaba comenzando a complicarme: no me limitaba a rebuscar en el pasado y a cambiarle ligeramente el color, sino que entremezclaba los distintos pasados para finalmente obtener la película de una película, al menos en parte. Terriblemente complicado. Pero los actores no hicieron preguntas. (Ibid, p. 325.)

Americana es, en este sentido tal vez poco evidente, una lección magistral sobre qué es la autoficción y cuáles son los oscuros motivos que radican tras ella.

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