La literatura universal, y la española en concreto, vive desde los años setenta un auge del género autobiográfico y biográfico, de las llamadas novelas íntimas, de las apariciones del autor en sus ficciones, de los protagonistas enfermos de literatura, de los textos metaliterarios ajenos a todo acontecimiento social.
En el centro de este triunfo de la subjetividad, la autoficción, una forma de escritura nacida en Francia hace una treintena de años, se viene a sumar al festín de la literatura del “yo”.
¿Qué es? Básicamente, un tipo de narrativa en la que el autor presta su nombre propio a un doble de ficción, su personaje. De este modo, parecería que el autor nos está ofreciendo un relato autobiográfico pero, al mismo tiempo, nos avisa de que no nos tomemos sus confesiones en serio pues su libro no es más que una novela.
Ahora bien, ¿acaso este recurso no existe desde antiguo? ¿no lo practicaba ya Cervantes e incluso, si apuramos, el mismísimo Luciano de Samósata? No exactamente. Es evidente que las interferencias entre lo autobiográfico y lo novelesco son habituales en toda la historia de la literatura, pero la autoficción propiamente dicha muestra muchas ambigüedades en su propia construcción formal. Aquí proponemos que la autoficción es una forma de discurso ficticio que narra historias auténticas aunque tal vez no verídicas. Es decir, una ficción basada en hechos reales en la que el autor no duda en involucrar hasta su nombre propio para proponer un pacto de lectura que imite los principios del pacto autobiográfico al mismo tiempo que los subvierte.
A continuación, algunas definiciones ofrecidas por autores prominentes de autoficción:
Serge Doubrovsky
Autobiographie? Non, c’est un privilège réservé aux importants de ce monde, au soir de leur vie, et dans un beau style. Fiction, d’événements et de faits strictement réels; si l’on veut autofiction, d’avoir confié le langage d’une aventure à l’aventure du langage, hors sagesse et hors syntaxe du roman traditionnel ou nouveau. Rencontre, fils des mots, allitérations assonances, dissonances écriture d’avant ou d’après littérature, concrète, comme on dit musique. Ou encore, autofriction, patiemment onaniste, qui espère faire maintenant partager son plaisir.
(Fils, París, Galilée, 1977, contraportada.)
(¿Autobiografía? No, es un nombre reservado a los importantes del mundo, en el ocaso de sus vidas y con un estilo delicado. Ficción, de sucesos y de hechos estríctamente reales; si queremos, autoficción, de haber confiado el lenguaje de una aventura a la aventura del lenguaje, fuera de la sabiduría y de la sintaxis de la novela tradicional o nueva. Encuentro, hilo [o hijo, aquí hay un juego de palabras intraducible] de palabras, aliteraciones, asonancias, disonancias, escritura de antes o de después de la literatura, concreta, como se dice en música. O incluso, autofricción, pacientemente onanista, que ahora espera poder compartir su placer.)
Carmen Martín Gaite
—[…] Desde la muerte de Franco habrá notado cómo proliferan los libros de memorias, ya es una peste, en el fondo, eso es lo que me ha venido desanimando, pensar que, si a mí me aburren las memorias de los demás, por qué no le van a aburrir a los demás las mías.—No lo escriba en plan de libro de memorias.
—Ya, ahí está la cuestión, estoy esperando a ver si se me ocurre una forma divertida de enhebrar los recuerdos.
—O de desenhebrarlos.
(El cuarto de atrás [1978], Barcelona, Destino, 1997, pp. 111-112.)
Javier Marías
Siempre se dice que detrás de toda novela hay una secuencia de vida o realidad del autor, por pálida o tenue e intermitente que sea, o aunque esté transfigurada. Se dice esto como si se desconfiara de la imaginación y de la inventiva, también como si el lector o los críticos necesitaran un asidero para no ser víctimas de un extraño vértigo, el de lo absolutamente inventado o sin experiencia ni fundamento, y no quisieran sentir el horror a lo que parece existir mientras lo leemos —a veces respira y susurra y aun persuade— y sin embargo nunca ha sido, o el ridículo último de tomar en serio lo que es una figuración tan sólo, se lucha contra la agazapada conciencia de que leer novelas es algo pueril, o al menos impropio de la vida adulta que siempre nos va en aumento.
De todas mis novelas hay una que permitió a sus lectores este consuelo o coartada en mayor medida que las demás, y no sólo eso, sino que invitó a sospechar que cuanto se contaba en ella tuviera su correspondencia en mi propia vida, aunque yo no sé si ésta es a su vez parte o no de la realidad, quizá no lo sería si la contara y algo estoy ya contando. En todo caso, esa novela titulada Todas las almas se prestó también a la casi absoluta identificación entre su narrador sin nombre y su autor con nombre, Javier Marías, el mismo de este relato, en el que narrador y autor si coincidimos y por tanto ya no sé si somos uno o si somos dos, al menos mientras escribo.
(Negra espalda del tiempo [1998], Madrid, Punto de lectura, 2000, pp. 5-17.)
Paul Auster
“You were the one who hear the story. What do you say, M. S.? Was he telling the truth or not?”
Before I could gather my wits to answer him, Kitty leaned forward on her elbow, looked to her left at me, looked to her right at Barber, and summed up the whole complicated problem in two sentences. “Of course he was telling the truth,” she said. “His facts might not always have been correct, but he was telling the truth.”
“A profound answer,” said Barber. “No doubt it’s the only that makes sense.”
“I’m afraid so,” I said. “Even if there wasn’t an actual cave, there was the experience of the cave. It depends on how literally you want to take him.”
[Tres personajes discutiendo sobre la verosimilitud del relato aparentemente biográfico de las extraordinarias vivencias de un anciano en una cueva en mitad del desierto.]
(Moon Palace, Londres, Faber and Faber, 1989, p. 276.)
—Tú fuiste el único que oyó la historia. ¿Qué dices, M. S.? ¿Estaba diciendo la verdad o no?
Antes de que pudiera estrujarme el cerebro para contestar, Kitty se echó hacia delante sobre su codo, miró a su izquierda hacia mí, miró a su derecha hacia Barber, y resumió todo el complicado asunto en dos frases:
—Por supuesto que estaba diciendo la verdad —dijo—. Los hechos pueden no haber sido siempre correctos, pero estaba diciendo la verdad.
—Una respuesta profunda —dijo Barber—. No hay duda de que es la única que tiene sentido.
—Eso me temo —dije yo—. Incluso si no había una cueva, existía la experiencia de la cueva. Depende de cómo de literalmente quieras tomarlo.
Juan José Millás
Pilar Cabañas: [...] Al inicio de Letra muerta, Turis, el protagonista, reflexiona sobre “el esfuerzo [...] que es preciso utilizar para convertir la memoria en conciencia” (p. 12). ¿Es la literatura un cauce privilegiado desde el que llevar a cabo ese proceso de conversión?
Juan José Millás: Sin duda. El problema de la memoria, que es un material precioso para un escritor -hay escritores que es el único material que trabajan durante toda su vida-, es que sucede un poco con ella lo mismo que con el lenguaje, esa tensión que te decía antes que se produce entre lo que uno quiere decir y lo que el lenguaje quiere decir. El texto sería el resultado de un pacto entre ambas cosas, no puede vencer ninguna de las dos partes, yo creo, porque si vence el lenguaje no aportas nada nuevo -eres hablado, como diría Lacan- y, si vencieras tú, harías un texto autista, absolutamente incomunicable. Con la memoria pasa lo mismo: ella quiere decir una cosa y tú quieres que diga otra. Habitualmente creemos que la memoria sirve para descubrir cosas, y es mentira: la memoria sirve para encubrir. La memoria la heredamos, gran parte de las cosas que recordamos creyendo que son recuerdos propios son recuerdos ajenos que hemos incorporado como propios. Y todo eso hay que dinamitarlo, hay que trabajarlo para que sea significativo. Además, hay que romper la sintaxis en que la has recibido porque es una sintaxis poco significativa. También tienes que adoptar un acuerdo. Hablábamos antes de un pacto para no ser hablado; ahora se trata de otro para no ser recordado, para establecer una tensión entre lo que la memoria dice y lo que tú quieres que diga. Tal como viene dada, la memoria no sirve para nada. Tienes que estar hurgando, buscando mecanismos para romper sus propios circuitos, igual que tienes que romper los circuitos del lenguaje. Y cuando se consigue eso, la memoria se convierte en un material literario, es un material que tiene sentido, que tiene significado.
(Entrevista de Pillar Cabañas recogida entre 1997 y 2001. Publicada aquí.)
Javier Cercas
Si no ando equivocado, escribir consiste, entre otras cosas, en fabricarse una identidad, un rostro que al mismo tiempo es y no es el nuestro, igual que una máscara. […] En mi caso, esa identidad —ese yo que soy yo y no soy yo al mismo tiempo— no es, a qué engañarnos, demasiado original. […]
En rigor, un relato real es apenas concebible, porque todo relato, lo quiera o no, comporta un grado variable de invención; o dicho de otro modo: es imposible transcribir verbalmente la realidad sin traicionarla. […] Todo relato parte de la realidad, pero establece una relación distinta entre lo real y lo inventado: en el relato ficticio domina esto último; en el real, lo primero.
(Relatos reales, Barcelona, Acantilado, 2000, pp. 7-16.)
Enrique Vila-Matas
No es necesario que seamos como los demás nos quieran ver, sino que la escritura puede servirnos para construirnos nuestra propia personalidad y biografía. Podemos renunciar a tener una caótica relación con los acontecimientos de nuestra vida e intentar autocrearnos, modelar nuestro propio personaje y nuestra propia biografía para uso del lector, y para uso nuestro, por supuesto.
Lo que digo está relacionado con la autoficción, pero durante mucho tiempo ignoré la existencia de esa palabra. Muchos años antes de que oyera hablar de autoficción, recuerdo haber escrito un libro que se llamó Recuerdos inventados, donde me apropiaba de los recuerdos de otros para construirme mis recuerdos personales. Todavía hoy sigo sin saber si eso era o no autoficción. El hecho es que con el tiempo aquellos recuerdos se me han vuelto totalmente verdaderos. Lo diré más claro: son mis recuerdos.
(Intervención en el Panel “La creación literaria en la comunidad iberoamericana”. IV Congreso Internacional de la Lengua Española. Cartagena de Indias. 28/03/2007.)
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